Cuando nos encontramos tesoros escritos por otros autores, creemos que compartirlos es una obligación. Ahí va uno de ellos.
Gen de Candelaria:
Cha Carmela
Un libro de "cuentos" de DESCARGA G...: Cha Carmela Un libro de "cuentos" de DESCARGA GRATUITA. Cuando hace unos meses le dedicamos una publicación al ...
sábado, 6 de mayo de 2017
jueves, 27 de abril de 2017
Casa Lala y el enredo con las letras
Fotografía de la página de Facebook, Candelaria Forever, autor Brito. Al fondo dónde estaba ubicado el estanco, actualmente Lala está jubilada y el inmueble está ocupado por una administración de loterías.
El estanco de “Lala” era un
pequeño mundo por explotar. Cuando mamá me mandaba a comprar hilos de la mejor
marca, sobres de avión para enviar cartas a Venezuela, o simplemente a no sé
qué, para mí era un placer. Recuerdo el pequeño mostrador de cristal y aluminio
que dejaba entrever lo que podía ser un regalo de cumpleaños, aniversario o lo
más evidente un pequeño presente para regalarse uno mismo.
Aquella tarde iba por hilo
blanco para coser unos botones que caídos del uso en la camisa de tergal de mi
padre, pedían un cambio inminente si quería seguir pareciendo “adecentado”.
Contaba además con 100 pesetas para comprarme lo que yo quisiera, todo un
capital en aquellos tiempos en los que las revistas de niñas costaban 25 ó 30
pesetas, pero yo ese día dirigí mi mirada al altillo del armario que colgaba
encima de la nevera de helados, el sitio más alto donde se escondían entre
novelas del Oeste, recetarios de cocina, y... algún pequeño libro de bolsillo
que me intrigaba sobremanera que podrían contar entre sus páginas, era tan
chica, y lo sigo siendo, que no llegaba ni por asomo al primer estante pero sí
existía una butaca de cocina que a modo de escalera me elevaría al más alto de
los sueños.
¿Qué son esos libros, Lala?, ¿Puedo mirarlos?, la
respuesta no se hizo esperar y me subí para ver desde allí un mundo diferente,
abajo quedaban las revistas de niñas, el Jabato, El Guerrero del Antifaz, Zipi
y Zape,... y allí arriba estaban los de bolsillo, nunca entendí porque se les
llamaban así hasta tiempo mucho más tarde, para mí eran simplemente lo nuevo,
lo que los mayores disfrutaban sentados en los bancos de la plaza y que yo no
había disfrutado, era lo que me intrigaba aquellas letras seguidas y sin
dibujos ni fotografía, que cosas dirían... Y allí estaba yo eligiendo uno que
costase menos de 100 pesetas para poder descubrir.
Y encontré uno de tapas azules y un dibujo que parecía
una niña, el título: “Ojos de Perro Azul”, de García Márquez, ni sabía yo quién
era el escritor y menos de que trataba aquel libro, pero lo escogí de entre
unos cuantos. Y costaba 100 pesetas que podía pagar. Baje de aquella butaca
llevando en mis manos mi preciado tesoro y sin saber de qué trataba ya lo
cuidaba como una joya... sigue estando en la estantería de mi casa, con hojas
amarillas, despegadas y alguna doblada pero después del paso de los años sigue
siendo mi primer joya literaria, la primera que dio paso a un sinfín que forma
parte de mi mejor legado, los libros.
No imaginaba Lala que ese día forma parte de mis más
entrañables recuerdos, y de una forma u otra de mi formación intelectual.
Ahora ya no se venden revistas y libros junto a otros mil
artículos que mis ojos del alma repasarían mil veces para volver a mi niñez,
ahora son otras ilusiones las que vende, pero el enredo de las letras nos unen
a élla y a mí para siempre. El unir los dedos a las teclas de una máquina de
escribir, se convirtió en mi primera manera de ganarme unos duros para seguir
comprando libros, y de eso también me ayudó Lala.
Cuando los Domingos bien temprano me dirigía a “echar”
unas horitas con los curas vendiendo medallitas y otra vez, libros. Le daba los
buenos días comprando el periódico y siempre regalándome con la misma actitud
amable y cariñosa un pellizco al día que comenzaba. Cuando aparecieron las
revistas con patrones y Lala tenía las mejores, mis primeras blusas y faldas
con las que paseaba en pandilla fueron sacadas de esas ilustraciones, lo que
ahora llamamos glamur y que por entonces yo llamaba elegancia. Y llegaron las
fotonovelas que las amigas intercambiábamos, de ahí saque el nombre de un gato
callejero que adopté en casa, Federico se llamaba, cuanto se mofo mi padre por
el nombre del felino, que era igual a un conocido suyo que vivía en los altos
del pueblo.
Me pregunto por qué Lala aún no se jubila, porqué
continúa regalando ilusiones detrás de un mostrador, será quizás porque sin
saberlo es pieza clave para que armemos nuestras vidas, los conocidos y los
desconocidos, quizás sea porque antes que pierda la memoria y el hilar las
palabras deba agradecer a esta mujer lo que ha significado en el paso de mi
vida y cuánto de bueno sin quererlo y sin saber cómo ni por qué se hace
presente cada vez que miro con los ojos cerrados hacia atrás, o bien, los abro
y miro las estanterías del salón plagadas de historias contadas por otros y que
destaca aquel libro de tapas color azul cielo con el dibujo de lo que se supone
es la cara de una niña... vamos el inicio de un castillo de letras en fila
india esperando ser agrupadas convenientemente.
Llena de recuerdos, con alegría en la mirada y muy
agradecida se hilan las letras en tu nombre. Sigue enredando ilusiones que en
estos tiempos necesitamos muchos ejemplos para seguir.
jueves, 20 de abril de 2017
MI VECINA
Desde
hace unos pocos años y casi por casualidad vivo en una de las calles más
emblemáticas de Santa Cruz, en la Rambla Pulido, desde la ventana observo cada
día como el Tranvía lleva y trae a transeúntes que como en casi todas las
paradas como ésta pasan rápidos y muchas veces sin mirar a los ojos de los que
se cruzan, pero otras se saludan cordiales o simplemente sonríen a los de la
otra acera, uno de esos días tontos pasados tras el cristal me sorprende el
movimiento inusual del piso de enfrente, una mujer de melena al viento se afana
en alegrar un piso recién estrenado, cortinas nuevas, sillones en el balcón,
plantas que alegran un piso antiguo. Y pasan los días sin volver a reparar en
mi nueva vecina hasta que la veo barriendo el balcón, recoge los enseres y pasa
las cortinas, al instante ya está en la calle, esbelta, elegante y segura pasea
calle abajo mirando escaparates, como me entusiasma esta mujer, está tomando
posesión del entorno y la calle, el tranvía, los vecinos y yo la recibimos de
muy buena gana. En otra ocasión me la cruzo en el súper de la esquina, mira tú
por donde que también le gusta comprar cerca, esta sí va a ser una vecina que
viene para quedarse.
Han
pasado unos meses desde su llegada y de vez en cuando dirijo la mirada al
balcón del piso de enfrente esperando encontrarme con una planta nueva, una
nueva cortina, una visita que atiende mi vecina, un perrito que le hace
compañía… y no hayo nada de lo descrito, al contrario, ya no la veo ordenar las
plantas del balcón, es más, están marchitas sin ser retiradas, el sillón se ha
oscurecido del hollín de coches, la mesita parece triste pegada a la pared, es
así como está el piso de enfrente. Y cada vez menos se encienden las luces y se
corren menos veces las cortinas y poco a poco un gris plomo invade las ventanas
que antes explotaban de luz. Mi vecina se desinfló igual que lo hacemos el
resto, la alegría que me producía verla en su balcón y paseando por la Rambla
se ha vuelto sinsabor y tristeza. Me resisto a creer que se ha dado por vencida,
si pudiera le gritaría del otro lado de la calle, desde mi balcón, para que
volviera a regar las plantas y estas fueran de un verde intenso, para que
paseara con el mismo garbo del principio, para que renaciera llenando de
alegría la esquina que ocupa en este trocito de ciudad y sobre todo para que no
me deje sola en esta Rambla Pulido llena de palomas, arroz, oscuridad y
desasosiego. No lo sabe pero necesito que emita energía como al principio…
Igual no sólo yo la necesito.
viernes, 14 de octubre de 2016
Subida
a mis tacones
Ya he descubierto porque mi relación tan íntima con los zapatos de tacón. Me cuenta mi madre que tenía unos zapatos de bebé que me quedaban estrechos y mi abuelo materno quería comprarme unos nuevos, aprovechando que visitaban Güimar que por aquellos tiempos era cabeza de comarca me llevaron a sacarme unas fotos, se suponía que estrenaría los zapatos recién comprados pero... se olvidó mi madre ponérmelos y la foto salio con los viejos. Ya desde entonces los zapatos se cruzaron en mi camino.
En
mi adolescente la compra de ropa y zapatos nuevos se limitaba a las fiestas
patronales que se celebraban en Julio. Y yo contaba con la suerte de tener a mi
prima Rosa que zapato de tacón que no usaba por alguna causa, me los daba,
zapatos nuevos y bien bonitos, el mejor regalo que me podían hacer, recuerdo
unos de plataforma de color beige que lleve a las fiestas de San Andrés por
alguna causa no olvido aquellos zapatos. Y mis primeras botas negras brillantes
de tacón de aguja que mi tía-abuela Amalia tanto le gustaba verme puestas, y
unas botas de color calabaza de ante que por aquellos entonces se usaban mucho
y que sólo me atrevía a ponérmelas yo por el color tan chillón y difícil de
combinar con la poca ropa que tenía.
Y los tenis azules cielo abotinados (imitación
barata de los Star), que destacaban absolutamente con cualquier ropaje que me
pusiera. Y como sin tacón no era yo... las deportivas con tacón azul marino y
blanco que me atrevía hacer deporte con ellos, buenos tobillos que he tenido porque
nunca me dieron problema ni una torcedura siquiera.
Cuando empecé la edad del “pavo” los sábados y
domingos tocaba paseo por la única calle del pueblo donde la concurrencia era
obligada y yo con mis zapatos marrones de tacón alto regalo de mi prima que de
tanto pasear por la Calle La
Arena siempre terminaba con una ampolla en alguno de mis dedos pero... que bien
que todos se fijaban que llevaba tacones.
Hasta para ir a la playa elegía unas chanclas con
plataforma cuando empezaron a proliferar diseño tan original, podía ir por la
arena y subida a unos centímetros del suelo, tendrá que ver esto con mis ansias
de volar y de escalar en la vida o quizás en la necesidad de hacerme notar
usando unos centímetros más de lo que la madre naturaleza me otorgo porque
metro y medio y 5
centímetros más no es gran altura.
Un día de verano en Murcia, paseaba con mi amiga
Dolores y a cada tienda de zapatos que veía mi expresión de alegría iba en
aumento, aquellos escaparates llenos de “zapatillas” me alegraban a cada paso,
se notaba que estábamos en la parte de España catedral de las mejores fábricas
de calzado. Mi amiga después de un buen rato observándome y sin poder
aguantarse me pregunta que porqué digo “zapatillas” cuando ella no ve ningún
modelo en el escaparate… ¡claro! Para ella “zapatillas” son las “cholitas de
levantar”, aquellas maravillas que yo admiraba eran: “Zapatos de tacón”. Otro motivo más para conversar de algo tan
banal como son los zapatos, ya sean de tacón, de plataforma, sin tacón…
Uno de los detalles que más me hacen disfrutar es
contemplar unos cuantos pares de zapatos que sólo me he puesto un par de veces,
no porque no me gusten o sean incómodos, que va, porque no son diseños para el
trote diario, sacarlos de las cajas debidamente apiladas del armario, mirarlos
y luego guardarlos como quién guarda un tesoro, parecerá raro pero a mí me
carga de energías.
Y que decir
de cuando no tengo un día esplendido y me subo a unos taconazos... cualquier
decisión se toma con más aplomo, se ven los colores que otras veces no se ven
y… me siento la dueña y señora de mi mundo. Lo que hacen unos centímetros
ganados a la gravedad.
Mi deseo confesable y espero disfrutar, unos “Manolos” de hace varias temporadas dónde el diseño del tacón imita las patas de las mesillas de noche clásicas, de madera torneada… me imagino calzando esa maravilla caminando por cualquier calle y sintiendo que el mundo se para a contemplar mis pies adornados con tan bello ejemplar… Vamos sueño con esos “Manolos” o cualquier otro modelo de este artista palmero, porque además el personaje más influyente en moda de calzado es canario.
Y mi última
adquisición unos zapatos de plataforma azul eléctrico con aplicaciones de
piedras blancas brillantes, nada discretos y como el resto descansando en su
caja hasta que los vuelva a enfundar para seguir viendo el mundo desde otro
vértice, desde mis ojos particulares “comiéndome” el mundo real.
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