martes, 12 de mayo de 2020

HILOS INVISIBLES. DÍA DE LA ENFERMERÍA


Hilos invisibles

El tiempo se puede medir, eso ya se sabe, pero como lo hagamos es otra cosa. Los años compartidos con los profesionales de la Escuela Universitaria Ntra. Sra. De Candelaria, se miden por emociones.

Luchar sin rendirse por dar lo mejor de cada uno, sería el resumen. Aquellas miradas cómplices entre profesores, el silencio en ocasiones, y las muchas veces de apoyarse unos a otros. Eso, es lo que para mí tiene mayor valor en la enseñanza. Han contribuido a crear unas generaciones de enfermeras preparadas en los cuidados, y también en el corazón.

Los estudiantes que se han formado aquí, deben estar orgullosos, porque han tenido un plantel de docentes implicados para que salgan lo mejor preparados y con las mejores garantías de futuro.

Con todos los desafíos superados. Cada promoción se gradúa con  el orgullo de pertenencia a esta Escuela. Y eso hay que manifestarlo, porque es un tesoro guardado que deben explotar. Los egresados no se pierden en el mundo laboral, siguen siendo parte de la Escuela, siguen vinculados con unos u otros de la manera que ellos escogen.

Hoy día de la Enfermería, les quiero felicitar por los conocimientos que han trasladado a sus alumnos, y sentirnos tranquilos que estamos en buenas manos. También por ese sentimiento de servir a los otros.

Gracias por enseñarme, que ser ENFERMERA es más que una profesión. Los hilos invisibles que unen a estudiantes, profesores, enfermeras, y hospital, van más allá de los conocimientos, la unión de sentimientos les hace ser mejores.

Toñi Alonso
12/05/2020


Aquí les dejo el enlace para acceder a la página de la EUENSC,

https://sites.google.com/ull.edu.es/euensc-12mayo

miércoles, 29 de abril de 2020

PASEO POR SAN BLAS


CALLE SAN BLAS, SEGÚN EL CENSO DEL 1779
San Blas - Manolo Ramos en Candelaria Forever

Foto: Facebook- Candelaria Forever












Para poder conocer la calle de San Blas, visitamos el blog de D. Octavio Rodríguez Delgado, Cronista de Candelaria, y el blog Gen de Candelaria de Elías Torres Mesa. Y un día nos sorprendió Manolo Ramos con unas fotografías, que como un pellizco nos hizo pasear hasta la Cueva de los Camellos, pasando a visitar la Cueva de Achbinico, asomándonos a su puerta podemos sentir la energía de los ancestros, de nuestro pueblo.

El censo de población de 1779, que la Real Sociedad Económica Amigos del País de Tenerife tiene online, nos da la oportunidad de recorrer una de las calles más significativas del pueblo de Candelaria. En ese año, aparecen 17 vecinos y 53 habitantes, las casas numeradas y descritos sus habitantes. Si tuviéramos curiosidad por saber el año de nacimiento de cada vecino, solo tendremos que restar al año 1779 fecha del censo, los años de cada uno.

Exposición Diston. Ayuntamiento de Candelaria

Nos paseamos, con ropajes de finales del siglo XVIII. Y para hacerlo debemos conocer a D. Alfred Diston, que nació el 8 de febrero de 1793 en Lowestoft - Reino Unido y murió en el Puerto de la Cruz en 1861. Botánico y Artista, Diston fue un viajero peculiar. Académico honorario de la Real de Bellas Artes de Canarias, nos legó la indumentaria de la población isleña en el Siglo XIX, y a través de sus ojos podemos imaginar, como nuestras vecinas loseras se cubrían.



Acompañamos imaginariamente aquellos que realizaron el censo en 1779, por Candelaria, con el intenso olor a mar, la brisa moviendo las hojas nos encontramos:


Casa nº1      María Pestana de 52 años, hace losa, es pobre e infeliz. Con ella su sobrino Francisco de 12 años, de poco espíritu, se ejercita en servirle trayendo agua y leña, el muchacho no sabe leer ni escribir.
Casa nº2      Teodoro Pérez de 50 años, el oficio es navegar de marinero en Indias, no le falta para “su pasar”. Su mujer, Catalina Pestana de 30 años, hace losa. Tienen una hija de 3 años, Mª del Carmen
Casa nº3      Pascual de la Resurección, cuenta con 59 años, tiene como oficio cocinero, y paga regularmente. Su mujer, es Joaquina de Mesa que cuenta 62 años, hace losa y está al cuidado de la educación de sus hijos, Manuel de 21 años, sabe leer y escribir, se ejercita en el oficio de su padre, es mozo robusto y hábil. Su hermano Jonás, tiene 24 años, sabe leer y escribir, es marino en Indias. María hija es moza de 32 años y se ejercita en losa. Su otra hija, Estébana de 23 años, se ejercita en la losa. Convive también María de 10 años, nieta, se ejercita en servirles en el manejo de la casa.
Casa nº4      Josef de Arocha de 23 años, su oficio en el chinchorro, no es muy pobre. Su mujer de 38 años Francisca de Messa, hace losa, tienen un hijo Josef de 1 año de edad.
Casa nº5      Juan de torres de 54 años, su oficio andar a la mar en barco de pesquería, es pobre, esta infeliz, casado con María Elena de 48 años, se ejercita en fabricar losa para mantenerse, tiene cuidado con la educación de sus hijos. Agustina de 26 años, que ejercita el oficio de su madre al igual, que su hermana Josefa de 24 años, es moza. Sebastián tiene 22 años, es mozo robusto y de buena presencia, no sabe leer ni escribir. Y Teresa que tiene 20 años, es moza y se ejercita como su madre en hacer losa.
Casa nº6      Vicente Delgado, de 30 años, con oficio de navegar de marinero en Indias, es pobre y es decente. Su mujer María Perera de 35 años hace losa para mantenerse.
Casa nº7      Josefa Perera, viuda de 65 años, su oficio es hilar y la ocupación es ir a misa todos los días, es aplicada a los divinos, vive pobremente.
Casa nº8      Isabel Castellano, de 58 años, oficio hilar notablemente, se ocupa de la educación de su familia. Su hija Francisca de 29 años se ejercita con losa, hilar…, es moza. Igual que María de 18 años, que hila y hace losa. Vive pobremente.
Casa nº9      Antonia Rodríguez, viuda de 42 años, su oficio hilar, es pobre y vive con muchos trabajos. Anastasia, hija 12 años, se ejercita en hilar como su madre, es aplicada puede hilar cuatro horas al día de hilo.
                    María del Rosario hija 9 años, tiene el oficio de su madre, trabaja poco.
Casa nº10    Pedro Albertos, 27 años, su oficio de la mar, es enfermo, vive pobremente

Casa nº11    Juan de Nóbrega, casado 42 años, oficio viñatero, paga regularmente, coge tres pipas de vino y tiene un burro, siembra una fanega de trigo y dos de cebada.
                    Francisca Rivero, su mujer 31 años, se ejercita en hilar es muy aplicado al cuidado de la educación de sus hijos.
                    Mateo, hijo de 12 años, aprende el oficio de su padre.
                    Ana María, hija , 6 años, es aplicada a hilar y … es hábil.
                    Félix Antonio hijo 4 años.
                    Pastor Antonio hijo 2 años
Casa nº12    Josefa Lucia, viuda, 54 años, “partera” le va pobremente, anda despildrajada
                    Josefa la hija, 14 años, es moza, aprende el oficio de la madre.
Casa nº13    Violante Rodríguez, viuda 73 años, no puede ya trabajar, vive pobremente, y es infeliz
                    Catalina hija, 49 años hace losa
                    Francisco hijo ausente en Indias, oficio: navegar.
                    Juan Agustín, hijo, 12 años, sabe leer y escribir, va a la escuela.
Casa nº14    María Rodríguez, viuda, 45 años, oficio ejerce losa, pobremene y es infeliz
                    José gordillo, hijo 14 años, va a la escuela, sabe leer y escribir.
                    Gregorio Antonio, hijo, 7 años, va a la escuela aprende a leer y escribir
Casa nº 15   Josefa Alvarez Osorio, viuda, 51 años, su oficio es coser, y tiene sus pedazos de tierra, no le falta para comer.
Casa nº16    María Juana, 68 años, es pobre de solemnidad, infeliz, y despiltrafada.
                    Josefa, hija 25 años, su oficio es laborar en casas ajenas para mantener a su madre.
Casa nº17    Ana García Mora, 71 años, no puede trabajar, es pobre, es infeliz.


Abandonamos la calle de San Blas, con el salitre impregnando el alma. 
No mucho más tarde, el aluvión del año 1826, el temporal que arrasó tierras de cultivo y viviendas en la Isla de Tenerife, tuvo especial magnitud en Candelaria, ya que desaparecía la talla de la Virgen de Candelaria, Patrona de Canarias, de su ermita, y con ella las casas de la Calle de San Blas.

Ahora se llama, Paseo de San Blas. Siempre será un lugar especial donde baten las olas impetuosas y sus riscos nos recuerdan parte de nuestra historia local.

Biografía
Blog Octavio Delgado Rodríguez
Blog Gen de Candelaria. Elías Torres Mesa
Página Manolo Ramos
Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife
http://www.rseapt.es/es/archivo/padrones-de-habitantes-digitalizado

martes, 7 de abril de 2020

LA VENTA


Mis padres: Chicha, Pablito y yo (archivo familiar)


Hoy más que nunca he sido, Toña la de Chicha, la de la venta de Santa Ana. 

Ante esta situación tan excepcional de cuarentena, por el COVID-19, salgo una vez a la semana a tirar la basura, y comprar en el súper lo necesario para reponer la despensa. 

Hoy me he puesto por primera vez la mascarilla, me la he puesto, como he oído a mis compañeros de la Escuela de Enfermería, esos profesionales que se esfuerzan en preparar a los mejores sanitarios. Ellos que cada día me enseñan hasta con un pequeño mensaje de humor, como se deben hacer las cosas bien, en estos momentos que nos toca vivir. Como actuar ante los demás para ayudar, enseñar, tranquilizar...
Pero esta tarde, fui Toña, la hija de la ventera del barrio.

Desde que nací, estoy detrás de un mostrador, primero en la venta de mi madre. Después en la venta de Manuel en el Barranco, más tarde, vendiendo medallitas con los curas, en el convento de La Virgen de Candelaria y en los últimos veinte años detrás de un mostrador en el Hospital La Candelaria. Y siempre con una sonrisa, como mi madre me enseñó, y como la vida me marcó. 

La larga cola de carros de compra, la tristeza reflejada en los ojos, el miedo en la piel, me dio un baño de realidad. Comprar rápido, en silencio, moviéndote para respetar el metro y medio entre clientela y trabajadores. La angustia que supone esa mascarilla quirúrgica pegada a mi nariz, el vaho cegando mis gafas, y al otro lado. Sus sonrisas, su amabilidad y su comprensión. Eso es lo que encontré en todos los trabajadores del supermercado. Y me resbalaban las lágrimas, no pude evitar, verme chiquitita, vulnerable, y allí estaba la cajera para sonreirme con sus ojos, y decirme, que tranquila que es normal, que nos acostumbraremos, que podremos juntos con todo esto.

Y yo la niña de pueblo, donde el salitre te peina desde bien temprano, no podía respirar. Y esa sonrisa y voz templada, me llevó a mi madre, a su venta chica con cuatro estanterías con poca mercancía, aquella mujer, que regalaba plátanos y "politos" de Orange Cruz con un palillo.
Porque el aplomo de su carácter para enfrentar las dificultades, yo creía que las había heredado, pero no, soy más débil que ella. Soy más débil que aquellas mujeres de postguerra, ahora tengo todo a mi alcance, puedo comprar lo que quiera. Pero, un bicho que no se ve, que no se huele, y no se oye, me deja inmóvil ante una cajera de supermercado. 

Y salgo al balcón, y aplaudo hoy con más ganas porque la cajera de mi super, es más valiente que yo. Solo tengo que quedarme en casa con mis comodidades, solo eso. Y hacerlo bien, tengo un hijo que también está detrás de un mostrador, pero sé que es más valiente que yo. Y mi madre, lo es aún más, que está sola en su casa mucho antes que el resto, lo estuviéramos. Y más valiente, es aún aquellos que comparten sus miedos con el aire, y buscan quehaceres nuevos, y nuevos entretenimientos, como mi otro hijo. Porque ellos solos y todos juntos sin decirlo, construimos algo nuevo e inmenso.

Yo ahora, solo quiero volver a mi barrio de Santa Ana, a la venta de mi madre, ayudar a cortar el queso y dispensar aceitunas, y escuchar las conversaciones de las vecinas. Porque en ese tiempo si estaba segura, detrás del mostrador, de la Venta de Chicha.

viernes, 18 de octubre de 2019

EN TODAS PARTES

Foto: Herraduradepalabras

A medida que nos acercábamos al puente de piedra mi corazón latía con más fuerza, una sensación de ahogo se apoderaba de mí, no quería volver la mirada hacia la ventana superior del caserón que estaba a nuestra derecha, entorne los ojos, respire y continúe en silencio.
La conversación de Daniel me devolvió al presente y disfrutamos del paseo hasta los jardines de la Villa Balbianello, el paisaje nos arropa y consigue que creamos que pertenecemos a este trozo de Tierra. Sin prisa, recorremos el ancho sendero que nos devolverá al embarcadero, de nuevo, la sensación de ahogo al pasar bajo el puente.
Esta vez no puedo ignorar que mi estado de ánimo se ve alterado, y me sorprende la serenidad con la que Daniel me habla.
­˗No te preocupes, está solo mirando, parece perdida, pero es tierna y no es tan vieja…
Tomé aire y sin poder dirigir el caudal del mismo, susurré.
˗ ¿Tú también la ves?
˗ Claro, mamá, no recuerdas que te conté lo que me pasó hace mucho, quizás no le diste importancia, era mi adolescencia loca, pero fue real, yo también veía el fantasma de la abuela.
Estaba claro que aquel episodio le marcaría para siempre. Si podía ver a la abuela, también podía ver a los demás. Ya en silencio, recorrimos las callejuelas de Lenno y regresamos en barco. Mientras el agua del lago salpicaba los cristales de mis gafas, recordé que esta vez viajaba sola, que los recuerdos aunque reales no me pertenecían, Los bellos rincones que visitaba, lo que comía y lo poco que conversaba, no me devolverían a mi amado hijo, y aunque le veía nitidamente sentado a mi lado nadie más podía.
Regresar a Italia no había sido una buena idea. Él está en todas partes y yo, en ninguna.

domingo, 8 de septiembre de 2019

EMILIA, ZENONA Y ANTONIA ALONSO

Imagen de actos de las Fiestas de Candelaria. Ayto. de Candelaria.















Emilia, daba sus primeros pasos junto a su madre Zenona, por las veredas estrechas y pendientes de Las Cuevecitas, por aquel entonces, las pocas casas repartidas por el núcleo rural tenían más de “goros” de animales que vivienda. Pero había algo que las identificaba, lo bien barridas y lustrosas como lucían las entradas a la casa y cerca el olor característico de los inciensos, que cuando se rozaban desprendían un aroma a limpio, así se diferenciaban de los habitáculos de los animales.
Zenona cargaba con la chiquilla allá donde iba, intentaba protegerla de las miradas penetrantes de los hombres, y de las muecas de desaprobación de las mujeres. Parecía mentira que sabiendo cómo se las gastaban las Alonso, se atrevían a mortificarlas.
Zenona había parido a Emilia sin estar casada, y Antonia la había parido a ella igual, en los registros de bautismo está escrito “madre natural”, parecía que estuvieran predestinadas a eso. La realidad era que las mujeres en el 1870 no estaban situadas en buena posición en la sociedad, no lo estaban entonces, y seguimos luchando ahora. Cuando naces en una sociedad rural tienes que pelear más por tu persona. Y Zenona lo sabía, por eso caminaba con la cabeza erguida y tomando de la mano a Emilia, las Alonso no bajaban la cabeza, eso repetía su madre Antonia y así sería.
Cuando Emilia llegó a los 19 años de edad, era toda una mujer, menuda y delgada que parecía nada a lo lejos, pero cuando te acercabas sabias que era de fuego, con un temperamento y desparpajo que no pasaba inadvertida, su vida transcurría entre cuidar la cabra familiar, traer leña del monte y ayudar en las labores a su madre y abuela. Andar por el monte le gustaba.
Esas caminatas y las reuniones familiares propiciaron que se enamorara de su primo Francisco, y éste tonteara con ella ilusionándola con un futuro juntos, era fácil ilusionar a una mujer en esos momentos, solo con la idea de tener una casa propia, y unos hijos propios a los que criar. Era simple, como simple parecía que esa ilusión se realizara. Uno de esos días, entre los pinos altos y los castaños de Chivisaya, Emilia se entregó al hombre apuesto que le prometía una vida nueva.
A partir de aquel día, la actitud del muchacho cambio, se hizo lejana, ya no le esperaba en el camino a su casa cuando venía con el “jace” de leña, ya no participaba en las reuniones del atardecer en el patio de su casa, algo pasaba, había dejado de rondarla y a cambio las risitas de los otros muchachos cuando ella pasaba, a Emilia no le gustaba.


Unas semanas más tarde, era evidente que Emilia había enfermado, estaba cansada, lloraba por cualquier cosa y no quería comer. Pero para Zenona, era claro como el agua, que su hija primogénita, tenía un mal, pero no estaba enferma. La abordó en un rincón del hogar cuando estaban solas y le espetó: - ¡tú estás preñada! Y Francisco se ha reído de ti. Mira que te advertí que primero al cura, y después al catre. No te sirve de nada verme a mí, lo que pasé por lo mismo, y tu abuela igual. Está claro que a nosotras no nos vale lo fácil. Pues ahora, apechuga con lo que venga.
Emilia, con los ojos húmedos de lágrimas incontrolables, intentaba replicar a su madre, pero no podía. Sólo atinó a decir: yo al cura, ya verá madre, que no será igual.
La preñez de Emilia no tardó en llegar a los oídos de Francisco, igual que no tardó éste en marchar rumbo a Cuba, en busca de fortuna. Y ella, desconsolada, engordando por días, pero furiosa con su suerte, no dejó ni un solo día de trabajar para ganarse el pan.
La leña ese día del mes de junio pesaba más y cuando ya divisaba las casas un dolor le atravesó el alma, cayó al suelo la madera recién cogida y un grito ahogado salió de su garganta. Se agachó y sola dio a luz a un niño. Fue tan grande su felicidad, que lo arropó con su larga falda negra, se puso la leña en su cabeza, lo abrazó y con la frente alta, como su madre le había dicho siempre, llegó a su casa.
En pocos días, volvía a las faenas, ahora también estaba Pablo, su rollito de oro, porque era rubio de ojos verdes, el niño más hermoso de cuántos existían y era suyo.
Pero las miradas y comentarios cada día se volvían más impertinentes, las palabras mal intencionadas le abrían el alma. Y la idea de abandonar el caserío y bajar a la playa se iba tejiendo en su cabeza. Pero como haría para sobrevivir en Candelaria, ella estaba acostumbrada a las cabras, la leña, el monte… Y allí abajo, era pescado y loza. Ella no sabía de esos oficios, pero los aprendería, porque una Alonso no baja la cabeza, solo lucha.
Aprovechando el frío de febrero y las fiestas de la Virgen de Candelaria, se fue a vivir a orilla del mar, se instaló en un cuartucho, con su coraje y ayudada por sus manos conseguía subsistencia para ella y su hijo.


Un buen día, reparó en aquel cabrero que guardaba el rebaño en la parte alta del pueblo, le miraba con insistencia cuando pasaba cerca, pero su mirada no era como la de los otros hombres, este la miraba con un brillo diferente. Tan diferente fue, que al poco estaban compartiendo casa y fogal. Ezequiel que así se llamaba, trataba a Pablo como su primogénito, le enseñaba a tratar a los animales, a ordeñarlas, a entender los sonidos al amanecer. Y a Emilia le ofreció un cariño que ella desconocía y protección. Aunque difícil manejar el carácter de la muchacha, poco a poco fue adaptándose a ella y la acompañó en todas sus decisiones. Cuando Emilia visitó a su madre y le contó de su compañero, Zenona solo preguntó: -No vas al cura?
-      No, madre, Ezequiel está casado, y se vino de los altos de Güimar pa’ Candelaria un poco por eso, no quiere cuentas con esa mujer, y a mí no me importa, porque me respeta, me deja hacer, me quiere a mi “rollito de oro” y me arropa. Con eso me basta, ¿qué más puedo pedir?.
Un día Emilia se enteró que vendían una casa con patio cerca de Santa Ana, y tal como supo quién la vendía, allá que se fue hablar con el dueño, quedó en un precio y le dijo que en 2 días volvería con el dinero. Cuando lo contó a Ezequiel no pudo decir nada, ya ella había negociado y cerrado el trato, ahora solo quedaba pagar, pero no tenían todo el dinero y acudieron a un prestamista, un usurero según ella, pero aún con ese pensamiento acordó la devolución del mismo con todos los intereses que eran muchos y en el plazo estipulado. Así se hizo con su primera propiedad.
Formó una familia de cuatro hijos: Pablo, Concha, Enriqueta y Fidel.
Emilia se casó con Ezequiel, pero como lo hicieron después de que él enviudara y ya tenían los hijos grandes no le cambiaron los apellidos. Otra razón, mas poderosa pudo ser que Emilia quisiera mantener el apellido Alonso en sus descendientes, a modo de rebeldía. Una rebeldía que la acompañó durante toda su vida, hasta sus últimos momentos.
Se le recuerda menuda, encorvada y ciega, pero con un espíritu libre y poderoso.
Pablo fue mi abuelo, Emilia fue mi bisabuela y me enseñó a ordeñar las cabras cuando apenas llegaba a las ubres. Zenona mi tatarabuela y Antonia mi trastarabuela. Soy ALONSO porque el coraje se ha heredado y conocer su historia me ha valido para NO BAJAR LA CABEZA.

jueves, 22 de agosto de 2019

Pino Ojeda Quevedo



Imagen relacionada



QUIERO

Sentir bañada mi piel por cálido efluvio

y ser prisionera de ti, de tu mirar sereno,


apagar mi ansia entregando pleno


mi corazón, mi amor, mi vida entera.


Y en mullida alfombra de bucólico prado


de azahares mi frente ver coronada/


y mis labios abiertos en la noche alada


del azul de tus pupilas sentirlos besados.


Cálido beso que cubrirá mi desnudo


deseo eterno de ser vencida


por besos hirvientes que despierten mi vida.


Por besos castos que cubran rubores


y por besos eternos que olviden dolores


dibujando de estrellas mi noche insomne.


que despierten mi vida.


Pino Ojeda Quevedo (1916-2002)


http://nortegrancanaria.es/pino-ojeda-por-pedro-callico-e-inma-flores/

En el enlace anterior, podemos acceder al artículo en el diario digital nortedegrancanaria.es que firma Pedro Callido e Inma Flores, sobre Pino Ojeda, poeta y pintora natural de la isla de Gran Canaria. Con uno de sus poemas, queremos homenajear a esta figura de las Artes Canarias. Descubrir a Pino Ojeda produce una admiración hacia su obra. Cuando en este mes de agosto tiene lugar su aniversario de vida y partida, es un buen momento para reconocer y divulgar su magnífico legado.


Notas: La fotografía que se muestra, es copiada de la página rincondepoetasmajo.blogspot.com

sábado, 27 de julio de 2019




Los Torres Castellano de Araya a Candelaria

Luis Torres Álvarez, nació en 1812 y junto a Josefa Castellano González que nació en 1810, vivieron en Araya, aparecen en el Padrón de 1830. Y es en 1858 cuando ya aparecen en el Padrón de Candelaria en la casa nº184.
Tuvieron 10 hijos, Los Torres Castellano llegaron a Candelaria para crear el árbol genealógico de uno de los apellidos que llega a nuestros días con personajes indiscutibles de este pueblo.
a) José Marino nace en 1837 y casa con María Delgado Navarro en 1858.

b) Agustín M. nace en 1839 y casa con Magdalena Albertos del Castillo, tuvieron un hijo nacido en 1867 de nombre Tomas Agustín.

c) Juan Pablo nace en 1841 y casa con Fabiana Mª Concepción Pérez Gómez, natural de Arico, tuvieron 3 hijos, y la mayor Francisca o Frasquita Torres Pérez que casó con Gumersindo Marrero Sabina.
               Francisca y Gumersindo tuvieron 3 hijos vivos: Rosa Benita (mi abuela), Gumersindo Antonio (Daniel), Félix Gumersindo (Juan, El mecánico de la plaza de Santa Ana) y Amalia.

d) Mª del Rosario nace en 1844

e) Andrés Blas se casa en el año 1878 con Rosa Sabina, de este matrimonio nacen seis hijos, los Torres Sabina.

f) Triburcio  (Tiburcio) nace en 1849 y casa en el año 1878 con Cornelia Eufemia Pérez, de esta unión nacería Felisa Gregoria Torres Pérez en 1879, cuando Felisa cuenta con 21 años se casa con Norberto Expósito Navarro. Estos serían los padres, del recordado Arturo Expósito Torres, que regentaba la carpintería de la Calle la Arena junto a su hermano Armando. Arturo nació en Cuba y una vez en Candelaria, estaría vinculado siempre al Fútbol candelariero, hombre de carácter afable y muy querido por sus vecinos, tuvo tres hijos, su hija Mª Magdalena y su hijo Arturo (Arturito) han fallecido, les sobrevivió Agustín.

g) Hilario domingo nace en 1846 y casa con Emeteria Jorge Hernández

h) Francisco de los Reyes nace en 1863 y casa con Domitila Nuñez Cruz.

i) Tomas Agustín nace en 1867 y casa con Vicenta Reyes Lauzaron

j) Vicente Anastasio nació en 1870 y casó con Margarita Florencia Armas Díaz.

De estos Torres Castellano, nacen múltiples ramas familiares y cuando se escuche el apellido Torres, se sabrá que venían del pago de Araya y bajaron a la costa a trabajar, asentarse y prosperar, de una manera u otra, consiguieron un propósito que igual desconocían, generaciones tardías se siguen llamando primos entre ellos, porque les legaron el orgullo de pertenencia. Un hermoso legado, que sólo algunos se dan cuenta hoy día.








La familia compuesta por Juan Pablo Torres Castellano y Fabiana Pérez Gómez, junto a sus hijos: Francisca, Amalia y Juan.










Datos recogidos de la tradición oral familiar, el archivo diocesano de La Laguna, Libros de bautismos y matrimonios de la parroquía de Santa Ana de Candelaria.